Box. Combate abierto (2003)

Nadie sabe mejor que un boxeador qué es la soledad. Solo al fin, único escudo de vida contra la topadora que amenaza con hacerlo papilla, quién puede decirle cómo es la noche a la hora de contar parientes ausentes, amigos esquivos, mujeres de humo o cronistas policiales devenidos en pontífices del humanismo.

No es necesario el témpano de un quirófano para hincarle las uñas a la soledad. El boxeador siempre responde al timbre cuando el banquito se esfuma, y ningún paracaidista con o sin micrófono podrá explicarle los sonidos del silencio, esos que él procesa en su interior como un líquido sin gusto mientras piensa en salvar el pellejo, ganar si puede, y conformar a los responsables del ruido, tan cómodos en la tribuna y tan lejos, tan inmensamente lejos de la soledad a secas que habita dentro del ring, a años luz de las butacas de primera fila.
Boxear tiene poco que ver con herir y mucho con ser herido, una de las formas más primitivas de comprobar que estamos vivos, que somos humanos, que se puede elegir el camino del sacrificio extremo, a veces cerca del delirio o de la ofrenda definitiva, a veces – las menos – golpeando las puertas de la gloria.
A pocos les interesa si un boxeador está fuera de peligro o si se repone para seguir luchando contra la pobreza y la marginación. A muchos les gustaría que lo enterrasen mojado con las lágrimas de diez mil cocodrilos con sangre de pato. Pero él ya pasó por ese trance. Porque sabe cómo es eso de sentirse solo.

“La soledad del Boxeador”, Enrique Martín

4 figuras aisladas

Respiran

Golpean

El ritmo cardiaco como única compañía

Sus propias sombras proyectadas

Agudizan más aún su soledad

Nobody knows more about loneliness than a boxer. Alone at the end, the only shield of life against the bulldozer that threatens to grind him to a pulp, who can tell him about the night when counting absent relations, elusive friends, ephemeral women or crime reporters turned into pontiffs of humanism?

He does not need the frozen air of the operating theatre to get his teeth into solitude. The boxer always answers the bell when the stool is taken away, and no parachutist with or without a microphone can explain to him the sounds of silence, those he processes in his interior like a tasteless liquid whilst he thinks about saving his skin, winning if he can, and satisfying those responsible for the noise, so comfortable in their seats and so far away, so immensely far from the simple loneliness that lives in the ring, light years away from the ringside seats.
Boxing has little to do with injuring and a lot to do with being injured, one of the most primitive ways of verifying that we are alive, that we are human, that it is possible to choose the road to extreme sacrifice, sometimes close to delirium or the definitive offering, sometimes – the fewest – hammering on the doors of glory.
Few are interested in whether a boxer is out of danger or whether he recovers to continue fighting against poverty and marginalisation. Many would like him to be buried soaked with the tears of ten thousand crocodiles and totally laid back. But he has already been through all that. Because he knows what it is like to feel alone.

“The solitude of the Boxer”, Enrique Martín

4 isolated figures

Breath

Punch

Heartbeat as their only company

The projection of their own shadows

Renders their loneliness even more acute

IDEA AND CREATION > DFH (Sara Serrano / Eduardo Balanza)

PERFORMERS > Susana Alcantud, Pablo Bermejo, Marga López, Juan Antonio Saorín

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